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Editorial: 12min
Era un martes de abril, y todos los relojes del mundo parecían estar sincronizados en la misma hora: las ocho de la noche, hora de Washington. Ese era el plazo que Donald Trump le había dado a Irán para cerrar un acuerdo o enfrentar una campaña de bombardeos contra cada puente y cada planta eléctrica del país. Unas horas antes, el presidente estadounidense había publicado una línea en redes sociales que retumbó en todas las salas de redacción del planeta: que toda una civilización podía morir esa noche.
Y entonces, cerca de noventa minutos antes de que expirara el plazo, llegó el anuncio. Trump publicó en Truth Social que aceptaba suspender los bombardeos y ataques contra Irán durante un período de dos semanas. La condición: que Irán reabriera el estrecho de Ormuz de forma completa e inmediata. Del otro lado, el canciller iraní Abbas Araghchi confirmó la aceptación de Teherán y anunció que se permitiría el tránsito seguro por el estrecho durante esas dos semanas, siempre que las embarcaciones coordinaran con las fuerzas armadas iraníes.
A finales de febrero de dos mil veintiséis, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos coordinados contra Irán. La operación alcanzó instalaciones militares, sitios nucleares y objetivos de liderazgo. La respuesta de Irán no fue menor. Se dispararon misiles y drones contra bases estadounidenses, territorio israelí y estados del Golfo que albergan tropas de Estados Unidos. Y la jugada de mayor impacto: la Guardia Revolucionaria Islámica declaró cerrado el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo.
El estrecho de Ormuz es una franja de agua de apenas treinta y cuatro kilómetros de ancho en su punto más angosto, encajada entre Irán y Omán. En tiempos normales, cerca del veinte por ciento del petróleo y el gas natural del mundo pasa por ahí. Piénselo como la arteria principal del sistema circulatorio de la economía global. Cuando se bloquea, todo lo que depende de la energía empieza a sufrir.
Y vaya que sufrió. El tráfico de buques tanque cayó un setenta por ciento al principio y luego se desplomó hasta casi cero. Países como Irak y Kuwait, que no tienen rutas alternativas de exportación, empezaron a cerrar campos petroleros porque no tenían dónde almacenar lo que estaban extrayendo del subsuelo. El precio del barril de petróleo, que antes de la guerra rondaba los setenta y tres dólares, se disparó. El Brent, la referencia global, cruzó los ciento veinte dólares en su pico, el salto más pronunciado en décadas.
Pero el problema fue mucho más allá del petróleo. El estrecho de Ormuz también es la ruta principal del gas natural licuado, los fertilizantes, el aluminio y el helio. Un tercio del comercio mundial de fertilizantes pasa por ahí. Con el cierre, los precios de la urea saltaron un cincuenta por ciento, justo en plena temporada de siembra del hemisferio norte. Para un agricultor del medio oeste estadounidense que siembra maíz y soya, eso se traduce en costos más altos que tarde o temprano se reflejan en el precio de la carne, los lácteos y los huevos en el supermercado.
La Agencia Internacional de Energía lo calificó como la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial. Mayor que la crisis de mil novecientos setenta y tres, mayor que la Revolución Iraní del setenta y nueve. El precio de la gasolina en Estados Unidos alcanzó los cuatro dólares por galón a finales de marzo, un aumento del treinta por ciento en apenas unas semanas.
Las semanas entre el inicio de la guerra y el alto al fuego estuvieron definidas por una montaña rusa diplomática. Trump alternó entre amenazas cada vez más agresivas y señales de apertura a la negociación. En un momento dijo que bombardearía a Irán hasta la Edad de Piedra. Luego publicó que tal vez algo maravillosamente revolucionario podía ocurrir. Los mercados se movían con cada publicación, como un barco en alta mar reaccionando a cada ola.
Del lado iraní, el patrón fue similar. Teherán rechazó propuestas de alto al fuego temporal, argumentando que no tenía sentido entregar su principal carta de negociación —el control del estrecho— a cambio de una tregua que podía romperse en semanas. El vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán calificó los ultimátums de Trump como una muestra de ignorancia y dijo que ninguna persona racional aceptaría esos términos.
Y entonces apareció un actor que pocos tenían en el radar: Pakistán. Islamabad se posicionó como el mediador principal entre las dos partes, aprovechando relaciones que había cultivado tanto con Washington como con Teherán. El jefe del ejército pakistaní, el mariscal de campo Asim Munir, mantenía comunicación directa con el vicepresidente estadounidense JD Vance y con el canciller iraní Araghchi. Egipto, Turquía y Arabia Saudita también se sumaron al esfuerzo, pero fue Pakistán el que mantuvo abierto el canal cuando todos los demás parecían haberse cerrado.
Hay una ironía en esto. En mayo pasado, Trump se atribuyó el mérito de haber mediado un alto al fuego entre Pakistán e India. Ahora era Pakistán el que mediaba una salida para Estados Unidos. La diplomacia internacional funciona a veces como una red de favores que se cruzan en los momentos más inesperados.
La propuesta que finalmente cuajó fue un plan de dos semanas: Estados Unidos e Israel suspenden los bombardeos, Irán permite el paso de embarcaciones por el estrecho y ambas partes usan el período para negociar un acuerdo más amplio. El primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, invitó a ambas delegaciones a conversaciones presenciales en Islamabad, programadas para el viernes diez de abril. Se espera que el vicepresidente Vance encabece la delegación estadounidense.
La reacción de los mercados fue instantánea y brusca, pero en la dirección contraria a todo lo que venía ocurriendo. El crudo estadounidense, que ese mismo día había tocado los ciento diecisiete dólares por barril, se desplomó hasta cerca de noventa y cuatro dólares, una caída de más del dieciséis por ciento. Fue el descenso más pronunciado en un solo día desde la Guerra del Golfo de mil novecientos noventa y uno. Los futuros del S&P quinientos saltaron más de dos y medio por ciento. Los futuros del Dow se dispararon mil puntos. El oro subió dos y medio por ciento, la plata casi cinco. Los mercados asiáticos y europeos se preparaban para abrir con fuertes alzas.
Pero, como siempre, los mercados ven el titular y reaccionan, mientras la realidad es más complicada. Un analista de GasBuddy hizo una observación importante: dos semanas de alto al fuego probablemente significan dos semanas de casi statu quo, con muy poco tránsito real por el estrecho, lo que probablemente siga empujando al alza los precios del petróleo, la gasolina, el diésel y el combustible de aviación. La Administración de Información Energética de Estados Unidos estimó que incluso con una reapertura gradual del estrecho, la producción petrolera de Oriente Medio no volvería a niveles cercanos a los previos a la guerra hasta finales de dos mil veintiséis.
Hay, por lo tanto, una brecha entre el alivio inmediato que sintieron los mercados y la realidad logística de reabrir una ruta marítima que estuvo esencialmente bloqueada durante más de un mes. Las aseguradoras necesitan recalcular primas. Los buques tanque necesitan reprogramar rutas. Los países que redirigieron importaciones por vías alternativas necesitan reajustar contratos. El alto al fuego es el comienzo de un proceso, no el final de uno.
Ahora, vale la pena mirar qué puso cada parte sobre la mesa y qué sigue sin resolver.
Trump declaró que todos los objetivos militares estadounidenses se habían cumplido y superado. Dijo que recibió una propuesta de diez puntos de Irán y la considera una base viable para negociar. Dijo que casi todos los puntos de discordia entre ambos países han sido acordados. Es un relato de victoria.
Del lado iraní, el relato es distinto. Araghchi agradeció a Pakistán y anunció que Irán cesaría sus operaciones defensivas si se detenían los ataques. Pero la apertura del estrecho, según él, se haría mediante coordinación con las fuerzas armadas iraníes y con la debida consideración de limitaciones técnicas. Hay una diferencia entre apertura completa e inmediata, como exigió Trump, y tránsito coordinado con limitaciones técnicas, como lo describió Irán. Esa brecha puede ser el terreno donde se libren las próximas disputas.
Israel aceptó el alto al fuego, condicionado a la reapertura del estrecho. El Pentágono confirmó que la orden de cesar operaciones ofensivas entró en vigor de inmediato. Pero la guerra en Líbano continúa en paralelo: Israel invadió el sur del Líbano y bombardeó Beirut, donde más de mil cuatrocientas personas han muerto desde que comenzó el conflicto.
También hay preguntas que este alto al fuego no responde. El programa nuclear de Irán. El futuro de las sanciones. La reconstrucción de un país que soportó semanas de bombardeo. El papel de Israel en cualquier eventual acuerdo permanente, considerando que Pakistán, el mediador principal, no reconoce a Israel diplomáticamente. Y la gran pregunta: si dos semanas serán suficientes para convertir una pausa táctica en una paz duradera.
La historia reciente no es alentadora en ese punto. Trump ya había extendido plazos cuatro veces antes de este. Irán había rechazado múltiples propuestas. No hubo negociaciones directas en todo el curso del conflicto, solo mensajes transmitidos a través de intermediarios. Construir un acuerdo de paz permanente mediante notas intercambiadas por terceros, en un plazo de dos semanas, después de seis semanas de guerra, es una ambición que desafía la gravedad diplomática.
Al mismo tiempo, los incentivos para ambas partes son reales. Estados Unidos enfrenta costos políticos crecientes en casa. Los demócratas introdujeron una resolución de poderes de guerra en el Congreso. Incluso aliados de Trump dentro del movimiento MAGA empezaron a criticar su política con Irán. El senador republicano Ron Johnson dijo públicamente que no quería ver ataques contra infraestructura civil. Los precios de la energía están frenando la economía estadounidense.
Del lado iraní, cerrar el estrecho es un arma de doble filo. Sí, presionó al mundo entero. Pero también cortó las propias exportaciones de Irán y las de sus vecinos del Golfo, varios de los cuales son aliados necesarios. La economía iraní ya estaba bajo una presión extrema por las sanciones, con una inflación por encima del cuarenta por ciento. La guerra lo empeoró todo.
Este alto al fuego de dos semanas es una pausa, no una resolución. Y como toda pausa en medio de una crisis, abre distintos escenarios según lo que ocurra después.
Escenario uno: las negociaciones en Islamabad avanzan y las dos semanas se extienden o desembocan en un acuerdo más amplio. En este caso, los precios de la energía siguen bajando de forma gradual, los mercados bursátiles se recuperan y el alivio llega a la economía real en oleadas lentas. Si usted tiene inversiones financieras, puede ver una recuperación consistente pero paulatina. Si le preocupan los costos de energía y la inflación, espere un alivio que llega primero a los titulares y luego, meses después, a su bolsillo. La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que los flujos de petróleo no se normalizarán antes de fin de año. Así que incluso en el mejor escenario, los precios no vuelven a niveles previos a la guerra en el corto plazo.
Escenario dos: las negociaciones se estancan. El alto al fuego expira en dos semanas y no se renueva. Los bombardeos se reanudan. El estrecho se cierra de nuevo. En ese caso, los precios de la energía podrían dispararse a niveles que nadie ha visto desde la década de los setenta. Algunos analistas de Wall Street ya trabajan con la posibilidad de petróleo a doscientos dólares por barril en un escenario extremo. Eso significaría gasolina más cara, facturas de electricidad más altas, alimentos más costosos por el encarecimiento de los fertilizantes, y una presión inflacionaria que complicaría la vida de los bancos centrales en todo el mundo.
Escenario tres: el más probable y el más frustrante. Una zona gris en la que el alto al fuego se extiende repetidamente, las negociaciones avanzan a paso de tortuga, el estrecho opera parcialmente y los mercados oscilan con cada titular. En este escenario, la incertidumbre es el producto principal. Y la incertidumbre es costosa. Las empresas postergan inversiones. Los consumidores contienen el gasto. Las aseguradoras mantienen primas altas. La economía global funciona, pero con el freno de mano puesto.
Independientemente del escenario, algunas medidas prácticas tienen sentido. Si usted invierte, la diversificación es la palabra clave. La exposición a energía y materias primas sigue siendo una cobertura relevante mientras la crisis no se resuelva. Si usted es consumidor, es prudente anticipar compras de artículos que dependen de cadenas de suministro globales, porque los efectos de seis semanas con el estrecho cerrado van a repercutir durante meses. Si usted sigue los asuntos internacionales, preste atención a las conversaciones de Islamabad el viernes y a las declaraciones que vengan en los días siguientes. Ellas determinarán si esta pausa se convierte en paz o si el reloj empieza a correr de nuevo.
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